martes, 16 de mayo de 2017

La última estación: donde solo se aborda el recuerdo

“Las frases nacieron cuando Manuel Mejía Vallejo nos visitó”, contaba el administrador del lugar. Una vez el escritor y periodista antioqueño fue y pidió que lo dejaran escribir una frase en la pared.

Por: Zeti Keops Escobar Isaza*
Especial para El
PREGONERO DEL DARIÉN

Las estaciones  del tren siempre estarán ahí, ya sea en movimiento
 o estáticas para el recuerdo y la añoranza
En el sur de Medellín, al costado oriental de la avenida Las Vegas y frente al puente del Éxito de Envigado, está un lugar –de los que aún se conservan- que remite a quien lo visita a esa Medellín de antaño: La última estación. 

Solía ser la estación de Envigado del Ferrocarril de Antioquia, aquel que desde 1929 hasta 1961 transportó personas, muebles, petróleo, café, herramientas, utensilios, entre otras cosas. Partía desde Puerto Berrío, municipio ubicado en el Magdalena Medio y que otrora se llamó Remolino Grande, hasta lo que hoy se conoce como el Valle de Aburrá. 

Con el cierre del Ferrocarril, en 1961 –que se vio venir por la decisión del Estado de invertir en carreteras y no en el transporte que se impulsaba a vapor-, se dio también el cierre de las estaciones. Hoy, en el Área Metropolitana, se conservan unas pocas, como la estación Medellín, ubicada en el sector de La Alpujarra y que actualmente se presta como museo; o como la estación Envigado, que es, de hecho, La última estación. 

Jhon Jairo Hinestroza, en el año 1993, compró el lugar donde antes estuvo la estación ferroviaria y montó para los habitantes de La Ciudad Señorial y de Medellín un puesto de arepas. Así comenzó, vendiendo a su vez jugos y gaseosas, pero “la gente solo quería licor”, comenta Luis Fernando Mejía, administrador del lugar durante los últimos 24 años. Y eso hicieron, en efecto; el licor atisbó las vitrinas del establecimiento: Ron Medellín, Aguardiente Antioqueño y cervezas de producción colombiana es lo que se logra ver a las espaldas de quienes atienden en la barra. No fue lo único que cambió, pues con el tiempo extendieron su carta a tres comidas que hoy día son típicas del recinto: chuzos de pollo, palitos de queso con mermelada y las empanadas de pollo que doña Ángela ha preparado durante 14 años y que gracias a su sazón le ha otorgado un importante reconocimiento al lugar en la ciudad. Ya no 
venden arepas.

Zeti Keops Escobar Isaza

La entrada principal da con la avenida Las Vegas, y paralelo a esta se extiende un patio, separado de la carrera 48 solo por una chambrana de madera roja, típica de las casas con arquitectura de siglos pasados. Una puerta grande de madera y pintada de rojo es la entrada al local. Lo primero que se ve es la barra, y detrás de ella una vitrina llena de licores que reposa en la pared del fondo. Es imposible no notar que las paredes están llenas de dos cosas: fotos y frases. Una foto de Manuel Uribe Ángel, médico envigadeño reconocido y a quien honoraron nombrando el hospital de Envigado con su nombre, es la única en las paredes en las que no se muestra a esa Medellín antigua. Por lo demás, en todas las paredes del local hay fotos de sectores de la ciudad que hoy serían irreconocibles si se comparan: Parque Berrío, Parque Bolívar, La Alpujarra, La Playa, Junín, plaza Cisneros y muchos más lugares quedan retratados allí. 

“Las frases nacieron cuando Manuel Mejía Vallejo nos visitó”, contaba el administrador del lugar. Una vez el escritor y periodista antioqueño fue y pidió que lo dejaran escribir una frase en la pared. A partir de ahí, Luis Fernando pedía a los clientes que iban al lugar que escribieran una frase en un papel; él las pasaba a la pared. La mayoría son frases típicas de un antioqueño, pero hay de todo tipo. “No hay mujeres feas sino pocos tragos”, “A los sabios les pasan muchas cosas por la cabeza, y a las mujeres muchas cabezas por la cosa”, “Se busca novia con carro. Mandar foto (del carro)”, son solo algunas de las que se pueden leer allí. 

A un lado se extiende un patio empedrado rodeado por más fotos y más frases. Allí, los clientes disfrutan de sus chuzos, empanadas, cervezas o palitos y conversan en un entorno distinto al de la rutina. Antes se veían unos rieles de hierro por la ventana de la estación, ahora se ve una autopista por la ventana del restaurante; antes sonaban los motores de una locomotora, ahora suenan los motores de los carros; antes se extendía un paisaje verde con una montaña de fondo, ahora de fondo se divisa una fábrica.

La última estación es uno de los lugares cuya función cambió radicalmente con el paso del tiempo, pero sigue vivo, sigue ahí, acogiendo a quien llega y despidiendo a quien se va, como en su momento despedía a quienes abordaban un tren o recibía a quienes allí se bajaban. 
Los trenes y sus estaciones, han sido fuente permanente de inspiración literaria

Surge una duda retratada en una de las frases del lugar: “no sé si hubiera sido mejor estar aquí hace 50 años o dentro de 50 años”, pues si bien dicen que “todo tiempo pasado fue mejor”, esto no es del todo cierto, porque no se sabe qué será de este lugar en unos años. 

En su momento pudo ser la primera estación del recorrido del tren. Ahora es la última. 

*El autor de esta crónica es un joven de Urabá, de 17 años, estudiante de segundo semestre de Comunicación Social y periodismo en la Universidad Pontificia Bolivariana. He aquí un buen prospecto de cronista, uno de los más bellos géneros periodísticos, hoy casi en vía de extinción.
Fotos  del blog  de Kamilo Kardona: Estaciones