martes, 16 de abril de 2019

“Era un niño cuando mataron a Gaitán”

La chusma lo sacó de una montaña donde vivía, cuando comenzaron a matar a sus vecinos y era pena de muerte tener un afiche del caudillo.

Marco Aurelio Calle 
Crónicas del Camino 
Por: Wilmar Jaramillo Velásquez 
Para EL PREGONERO DEL DARIÈN. 

Marco Aurelio Calle tiene 79 años, los cumple el próximo tres de mayo, tiene una mujer y una hija, vive reposado y tranquilo después de una vida agitada por la pobreza, la violencia, el rebusque callejero, la lucha por la supervivencia que lo persiguió desde niño, acompañado por los recuerdos acumulados en décadas en su cabeza, los mismos que trata de ordenar para trasladarse a épocas remotas y situarse finalmente en el día de hoy. 

Nació en Puerto Valdivia Antioquia, una ranchería desordenada levantada en las riberas del rio Cauca, con un comercio naciente y agitado como las aguas de su afluente, refugio de putas propias y extrañas, propias para curar la soledad e inducir al alcoholismo. 

Estamos hablando de un hombre que nació marcado para trabajar de sol a sol, sin renegar, sin reproche alguno, cuyos días laborales comenzaban a las cuatro de la mañana y terminaban, cuando sus pies se negaban a seguir andando, a seguir empujando su enrome carreta cargada de frutas o a pedalear la bicicleta en la que vendía bolis, por las veredas de Turbo y Apartadò. 
La violencia lo siguió de niño hasta Urabà.

A Apartadó llegó un cuatro de mayo de 1975 con su esposa María Amparo Betin una mujer de Planeta Rica, fuerte y recia como él, amante del trabajo, a quien en sus andanzas por la Guajira cuando salió a buscar oficio en los pavimentos de sus carreteras.
De inmediato se ubicó como obrero en las plantaciones bananeras, pero no duró mucho en este oficio, porque su vocación era la de trabajador independiente; pronto se dedicó a la venta de avena y pescado frito por la calle de la Iglesia, después montó una venta de legumbres en cercanía al bar el Danubio, el puesto le costó quince pesos y con seiscientos más lo surtió. 

Allí dejó a su mujer y se dedicó a la venta de bolis en una bicicleta, viajaba hasta Nueva Colonia en Turbo, la tarea eran cien bolis diarios que compraba a tres pesos y revendía a cinco. 

Pasaría luego a la venta de legumbres, sobre todo a surtir los casinos de las fincas bananeras y fue allí cuando el alcalde José Antonio López Bula, construyó la Plaza de Mercado y le dio un ficho para que se ubicara en el nuevo mercado del pueblo, pero no le vio futuro a la plaza y vendió el derecho en 200 mil pesos. 

Por esos tiempos tenía su casa propia en el barrio San Fernando y allí organizó una pequeña tienda la que llamó “Cambenancio” hasta que en 1998, estalló la violencia desmedida en la zona y comenzaron a matar gente. 

Alternaba el trabajo de la tienda con el de triciclero, había un almacén que tenía 18 triciclos para el alquiler, el alquiló cinco subalquiló cuatro, y se dedicó a trabajar en uno, luego en 1999, vendió la casa por doce millones de pesos y guardó la plata en el banco, se dedica vender frutas en una carreta y ahorrar para aumentar la plata del banco, con el propósito de volver a comprar casa cuando se aplacara la guerra. 
Un profesional del rebusque 

La violencia que lo había sacado de las montañas de Valdivia, no logró sacarlo de Apartadò y ya en el año dos mil, mientras cruzaba por el barrio Nuevo Apartadò, vio un lote con el aviso de se vende y de inmediato se propuso que sería suyo, que allí haría su casa de donde nadie más lo volvería a expulsar. Pagó por el terreno diez millones de pesos y con doce millones restantes que tenía ahorrados en el banco, construyó las dos primeras piezas y se instaló definitivamente. 

Marco Aurelio Calle se crió a nueve horas a pie de Valdivia, en una vereda llamada El Rayo, casi niño ya era aserrador de maderas, hasta el año 1954, cuando llegó la violencia, entraron los primeros siete chusmeros y en la vereda reclutaron dos más, luego pasaba el Ejército, después los guerrilleros, incluso el peluquero Martìn del lugar, se enroló con la guerrilla y poco después fue dado de baja, comenzaron a matar a los vecinos al de la tienda, al finquero, entonces Marco Aurelio abandonó el lugar y se trasladó en un sector más seguro. 

Recuerda las faenas que hacían uno hombres a quienes llamaban viajeros, llevando el ganado arreado a pie desde Córdoba hasta Antioquia, así llegan hasta Yarumal y allí lo recibían en camiones. 

Por esos días salió de andariego, trabajaba en fincas en Puerto Berrio, en Puerto Nare, Tarazá, de obrero en carreteras de la Guajira y hasta de aserrador en San Juan de Urabà, se volvió pendenciero bebedor y mujeriego, hasta su aterrizaje en Apartadò, donde ancló, trabajó y trabaja duro, hoy menos que ayer, por que su única hija, Sandra Milena, le ha bajado la carga laboral y ha asumido algunas responsabilidades del hogar. 

Hoy, sentado al frente de su casa, justamente en abril cuando se cumplieron 71 años del asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, intentado poner sus recuerdos en orden, dice con tristeza y nostalgia que era un niño de ocho años cuando lo mataron: “Un pariente mío tenía en su casa un afiche del caudillo y llegó la chusma furiosa, no lo mataron porque no estaba, pero a su mujer la insultaron y la golpearon. También recuerdo cuando pasaban buscando “manzanillos” (seguidores de Gaitán) para asesinar. “Tener un afiche de Gaitán daba pena de muerte” dice este profesional del rebusque y la supervivencia, experto en caza y pesca, en tomar guarapo con indios y portar una peinilla de 18 pulgadas en la cintura, por si de pronto… 
Apartadó-abril de 2019