martes, 14 de agosto de 2018

Borman Robledo a 16 años de su partida

Borman finalmente se perdió por los caminos infinitos por los que transitó, aunque su hermano Willy lo ha devuelto en la utopía de su museo, y lo ve en las noches estrelladas pincel en mano, como queriendo culminar una obra inconclusa.
La descomunal obra de Borman


Crónicas del Camino: por Wilmar Jaramillo Velàsquez

Tras los pasos de Borman Robledo
16 años después de su partida final

Su respiración, su aire de libertad y creación, sus pasos, la voz de su obra, el grito del “Aracatazo” en esa oscura noche de terror en su pueblo Chigorodó se sienten nítidamente el los apacibles rincones de su casa, donde sus cuadros y esculturas cobran vida, y donde los descomunales dinosaurios pareciera que se tragaran al visitante para arrojarlo intacto e impregnado de sensibilidad, a la sala de exposición como una profecía apocalíptica. 

José Borman Robledo vio la luz de su existencia en una modesta vivienda del barrio Casa Blanca de Chigorodó un 17 de septiembre de 1968 bajo un sol radiante que se filtraba por la cordillera de Abibe y brillaba por entre los extensos pastizales y pantanos que circundaban el pueblo en medio de un verde natural y resplandeciente que lo marcaría de por vida. 

Los dinosaurios fueron su pasión
Borman fue uno de los pintores más representativos y prolíficos en la historia de Urabá, su inmensa producción marcada por un sello indeleble de expresividad, de creación permanente, de vivases colores delicadamente manejados, sin timidez ni extravagancia, pero con sobrada imaginación, se mantiene viva hoy en su casa natal gracias al amor por el arte y hasta la terquedad de su hermano Willy Brand. 

Willy Brand Robledo lucha contra viento y marea para que la indiferencia y la insensibilidad no vayan a sepultar ni la obra ni la memoria de Borman; lucha para que su legado cultural perdure, no solamente en su tierra Chigorodó sino en ese gran Urabá que tanto amó y que tanto reflejó en su obra. 

Pintor y escultor, trabajó con soltura la acuarela, el óleo, la plumilla, el grabado, era un caminante sin caminos, siempre transitó por senderos propios, no buscaba pisar las huellas dejadas por otros, fue un gran explorador de la grandeza del mar, un trotamundos de sus playas, de donde tomaba semillas y pedazos de madera expulsados por las olas que luego convertía en gigantes prehistóricos a los que les daba vida y con los que nos transportaba a la época de mayor esplendor de los dinosauros. La era Mesozoica. 

Su hermano Willy, no ha dejado morir  la semilla sembrada por Borman

Obras colosales que nos regresaban millones de años, de sus recorridos por playas, ríos y arroyuelos, saltaron sus descomunales dinosaurios y Stegosaurus, que impresionaron al público en cuanto lugar los exhibía. 

Siendo un adolescente lo sorprendió en su pueblo natal una de las brutalidades más terribles del hombre, lo salpicó la violencia, la sangre de sus coterráneos, le correspondió estar en la amarga madrugada de diciembre de 1995 en la cual se produjo la masacre conocida como el “El Aracatazo” de Chigorodó, donde 20 de sus paisanos fueron asesinados durante una orgia de sangre y odio, la misma que dejó como registro histórico en una de sus obras. 

Un grupo paramilitar llegó a una cantina denominada “El Aracatazo”, y sin mediar palabra comenzó a disparar, en medio de una orgía de sangre, que sacudió el alma de los habitantes de Chigorodó, entre ellos la de Borman, quien quedaría marcado por el impacto de la violencia el resto de sus días. 

El Centro Cultural de Carepa, Lunita Viajera, realizó una 
exposición con parte de la obra  de Borman

Borman recorrió su Urabá palmo a palmo, sus potreros con sus vacas, sus aguas, sus canales, su cultivo de plátano y banano, sus caminos, unas veces pantanosos otras polvorientos pero centraría su atención en el golfo al que le dedicó una serie de marinas titulada “El Puerto de Colores” que incluye 60 cuadros, fieles reflejos de la vida en estos lugares, sus peces, sus paisajes, su mar, sus atardeceres y amaneceres de ensueño. 

Fue un enamorado y apasionado de ese golfo el que auscultó con el interés y la paciencia de un científico, en ese golfo justamente, y no era para menos, fueron esparcidas sus cenizas, quizás, porque allí pertenecían. 

Errante por naturaleza, Borman llegó a la alta Guajira para compenetrarse con la cultura Wayuu, de allí nacería otra de sus famosas series, mujer Wayuu con 20 obras, tres de las cuales reposan en la empresa SOFASA de Medellín. 

La tercera serie conocida de Borman la llamó “Panorámicas de Girardota” un homenaje al pueblo que lo acogió por muchos años. Luego de ganar un concurso de pintura en el colegio Unibán de Apartadó, el artista partió rumbo a Medellín y se enclaustró en el taller del maestro Ramón Vásquez , toda una autoridad en el manejo de la acuarela, Borman también estudió historia del arte, perspectiva y dibujo y artístico en el Instituto de Bellas Artes de Medellín, grabado en la Academia Escuela de Artes y Pintura Artística en el Taller Museo Castillo, realizó numerosas exposiciones colectivas e individuales en Urabá y Medellín, incluso logró colgar sus cuadros en la exigente galería, Luis Ángel Arango de la capital de la república y obtuvo varias distinciones y galardones, entre ellos el decimoprimer Salón de Arte de la Gobernación de Antioquia. 

Borman nació en el hogar de Ildefonso Robledo y María Irene García, dejó cuatro hermanos y su hija Sofía quien hoy tiene 17 años, siempre actuó como un individuo ajeno a este mundo, era como prestado, no pertenecía aquí dijo su hermano Willy, el pariente más cercano y quien hoy se prepara para dar la batalla y hacer realidad la Casa Museo José Borman Robledo. 

El artista navegó en aguas profundas, transitó incómodo por las arenas movedizas de la indiferencia, la exclusión social, detestaba la adulación y la hipocresía, se puede decir, sin temor a equivocarse que Borman nunca encajó en esta sociedad hipócrita y que solamente encontraba reposo y sosiego cuando tomaba un pincel y se plantaba frente un óleo, atado a un caballete. 

Que solo respiraba libertad cuando transitaba por ese inmenso Golfo de Urabá, el que contemplaba absorto durante horas y horas, que solo se encontraba en sí mismo en esas largas y extenuantes jornadas de insomnio, que se prolongaban hasta por cinco días con sus noches, unas vigilias azarosas que culminaban con una nueva producción de cuatro o cinco nuevas obras. 

En Girardota estuvo por muchos años frente a un austero pero productivo taller donde parió la mayor parte de su trabajo pictórico, incluso tenia listos los contactos y sus maletas para viajar a Holanda y la Patagonia. Hoy 16 años después de su partida, su hermano Willy, ha logrado recuperar gran parte de su obra y de hacer realidad el sueño de mantener vivo el Museo Borman en céntrico sector de Apartadó 

Allí, conjuntamente con una taberna, de un centro artístico y cultural, funciona el museo, donde se exhibe la obra de Borman, aunque muchas piezas siguen esparcidas por diferentes lugares, sin presupuesto para adquirirlas y repatriarlas a Urabá, sumado a la indiferencia oficial para este tipo de proyectos y cuando a la gran mayoría de nuestros dirigentes y políticos la cultura les importa un bledo. Hay que reconocer en Willy, la forma terca y obstinada, como lentamente ha vuelto realidad esa utopía y gracias a Él, Borman, vive en su obra, en su legado. 

Un 20 de agosto de 2003 , José Borman Robledo resolvió iniciar el viaje sin retorno, el mismo apagó la luz de su existencia sin más protocolo ni preámbulos, salió a buscar su verdadero espacio, tal vez en el olimpo donde descansan tantos dioses incomprendidos, se fue silencioso como vivió, dejando atrás una estela de marinas, de descomunales dinosaurios, de ángeles flotando en su espacio sideral, de canoas, barcos, aguas transparentes , sus negros sonrientes bajo el sol abrasador, su Wafe en Turbo asfixiado de barcazas y polución. 

Hoy en noches estrelladas y luminosas, en su casa del barrio Casa Blanca de Chigorodó, su hermano Willy todavía lo ve llegar con pasos firmes y pausados para sentarse a su lado con un pincel en la mano y una mirada escrutadora como queriendo culminar una obra inconclusa que hubiese dejado abandonada en un recodo del Golfo de Urabá o bajo un arenal de la Guajira. 

Su respiración, su aire de libertad y creación, sus pasos, la voz de su obra, el grito del “Aracatazo”, se sienten nítidamente en los apacibles rincones de su casa, o en el museo Borman de Apartadó, allí está su presencia, y sus cuadros y esculturas cobran vida y en donde los descomunales dinosaurios parecieran que se tragaran al visitante para arrojarlo intacto e impregnado de sensibilidad a la sala de exposición como una profecía apocalíptica. 

Edición final-julio 2018