jueves, 7 de febrero de 2013

Un periodismo en apuros

Por: Wilmar Jaramillo Velásquez
Columnista/EL PREGONERO DEL DARIÉN

Un día más o un día menos sobre el día clásico de los periodistas, nueve de febrero para ser más explícitos, da igual, el periodismo vive una crisis mundial y así se acaba de revelar en España, cuando uno de los diarios más influyentes y ultraconservadores de Europa, El País, publica en su portada una foto falsa del presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías supuestamente en un quirófano, foto que además de falsa y grotesca es atentatoria a las buenas prácticas de un periodismo serio y responsable.

Esto en el ámbito universal, porque en nuestro país, se convirtió en un asunto de oferta y de demanda, unos medios cada vez más comprometidos con el capital que los sostiene y les produce jugosas ganancias, alejados por completo de la realidad y la cotidianidad de la población; de esa gente de carne y hueso que sufre y padece a diario los atropellos, justamente de ese poder, que los sostiene (los servicios públicos, el transporte, el sistema de salud, la paz nacional, el costo de la vida, la violencia, la inseguridad), pero que más podíamos esperar, si son justamente esos dueños del poder, los mismos dueños de los medios. Todo queda en casa.

Muy alejados andan hoy los medios y sus periodistas de esa comunicación social de la cual tanto se habla en las facultades; vivimos un periodismo donde el amarillismo reapareció como por arte de magia, donde la tragedia humana, es metálico a la vista y entonces adobamos la nota y la publicamos en la mañana, al medio día y la replicamos en la noche, hasta dejar saciado al lector, al oyente o al televidente y como si algo faltara, entonces la subimos a las redes sociales.

Que tan lejos hemos dejado el rigor periodístico, la investigación y la objetividad para caer en el facilismo, en un letargo macabro, donde ya no se sabe si estamos haciendo el oficio de informar, o simplemente estamos vendiendo unas noticias al mejor postor. Algunos medios sacrifican a diario a excelentes periodistas, por congraciarse con sus patrocinadores, las organizaciones que agrupan a los periodistas se convirtieron en comités de aplausos mutuos, la Fundación para Libertad de Prensa (FLIP) terminó siendo un saludo a la bandera, todos saben que existe, como la ONU, pero que no sirve para nada, no opera. La crítica, la autocrítica, el debate desaparecieron, bajo el argumento peregrino, que el país tiene el mejor periodismo de América Latina, chiste tan flojo y descachado de donde saldría.

Columnistas de gran factura han sido removidos sigilosamente de los medios en defensa no de la libertad de opinión o de prensa, sino en defensa de mezquinos intereses, pero como en Macondo no pasa nada, entonces nos seguimos creyendo el cuento que somos los mejores. Mientras no reconozcamos que el periodismo vive una grave crisis, que le estamos fallando a la sociedad, mientras no volvamos al debate, a la crítica, será muy difícil curar el mal. No recuerdo en que momento se volvió tan notorio y rentable vender la tragedia humana, vender el muerto, la sangre, cuando ilusamente creíamos que se trataba de una etapa superada. Ni que decir de aquellos medios y periodistas que terminaron bajo la chequera de brujos, charlatanes, rezanderos, adivinos, vendedores de ilusiones, curanderos de todos los males habidos y por haber, estafadores de todas las pelambres, hechiceros y cuanto mequetrefe aparece, quienes además pagan por adelantado, y lo que les cobren sin regateo alguno. Todo bajo el disfrute de una normatividad dizque hecha para ángeles, pero habitando en el infierno.

La verdad es que hoy más que nunca, el periodismo está secuestrado y al servicio de la pauta, con muy escasas excepciones. Me perdonarán mis colegas, pero como dice el adagio: “A quien le caiga el guante que se lo chante”

Por eso, durante el mes de febrero, cuando conmemoramos tan histórica y significativa fecha, prefiero guardarme a la reflexión, que asistir a los corrillos, almuerzos y bacanales que algunos ciudadanos o empresas, ofrecen a los periodistas, unos con tan buena intención que da pena desatenderlos, otros tan oportunistas y fariseos que la mera invitación causa repugnancia. Siguen en un alto nivel de respeto por la sociedad, medios como La Revista Semana y el periódico el Espectador, toda regla tiene su excepción y por fortuna para Colombia en este campo, no todo está perdido.

Urabá, Febrero de 2013