martes, 4 de abril de 2017

Apartadó: reverbero del rebusque


  • Hierbe el centro del municipio y así como sube la temperatura, se caldea el ambiente para aquellos que salen de sol a sol en busca del día día. La subsistencia no da tregua y la lucha es cruel y es dura, como dice el tango.
  • La ciudad también la cruzan trotamundos y andariegos, quienes hacen escala para recaudar algunos pesos y seguir la marcha en una ruta que no tiene fin. No hay un destino y ni un puerto donde atracar. Simplemente van.
  • Pero una sombra se cernía sobre esta población y es nada más y nada menos que el nuevo Código de Policía, el cual facultaba a los uniformados hasta para destruir las mercancías. La Corte Constitucional ya medió en el tema.
Verdaderos maestros del rebusque, sostener una bicicleta 
en la frente en medio de un tráfico infernal y unas temperaturas
 de fuego, en busca de unas esquivas  monedas.

Crónicas del Camino Por: Wilmar Jaramillo Velásquez de  EL PREGONERO  DEL DARIÉN
Fotografías  de Giovanni Montoya  de  EL PREGONERO  DEL DARIÉN

Es sábado en Apartadó la temperatura pasa los 30 grados en la sombra, el medio día está a punto de cruzar en el reloj; el sol brilla con toda intensidad y el cielo está de un azul diáfano, nítido, los transeúntes caminan presurosos buscando un poco de sombra para mitigar el calor. En la avenida principal, un hombre sorprende al sostener una bicicleta en la frente, al tiempo que con sus manos hace piruetas con dos bolas de goma, manteniendo el equilibrio cual malabarista de circo.

El tráfico se detiene por unos segundos preciosos para el caminante, tiempo para presentar su función y recibir unas pocas monedas. Es la repetición de la repetidera. El hombre suda a chorros, toma agua de un galón que guarda al pie del semáforo y vuelve a la escena, pero en esta ruta del rebusque no está solo, en diagonal, en el siguiente semáforo, hay otro hombre, el mismo que traga gasolina pura y escupe candela por los aires, “el dragón humano”, el mismo que hace arriesgados movimientos con afilados machetes.

Son dos claros ejemplos de la informalidad que se vive en la zona de Urabá, que no es distinta a la de otras regiones, es la guerra por la vida, por la supervivencia ,la búsqueda del día a día, de un inmenso grupo de la sociedad enmarcada en aquello que los burócratas han denominado la economía informal, la misma que abarca entre el 45% y el 48% de los trabajadores colombianos de acuerdo con el DANE, aunque las centrales obreras alegan que la cifra es mayor, lo que significa que la mitad de los trabajadores están arropados por la bandera de la informalidad, con la única ventaja, de acuerdo también con el DANE, el 93.4% de estos trabajadores cuenta con seguridad social, y eso ya es mucho que decir.
Los vendedores informales tienen que afrontar constantemente varias batallas, los comerciantes formales que se incomodan con su actividad y piden su reubicación o expulsión de sus puestos de trabajo, la fuerza pública que por temporadas y dependiendo de los gobernantes de cada ciudad, arremeten en su contra con toda la fuerza, causando, heridos retenidos y daños en sus mercancías.

La otra batalla y la más común, es contra la naturaleza, las fuertes temperaturas que los azota de una manera inclemente, o las lluvias que hacen lo propio, pues hoy el clima es en extremos, máximo calor o máximas lluvias.

En este orden de ideas Apartadó se convierte en un reverbero de locura, al menos por horas y temporadas, los sábados en particular las ventas estacionarias y ambulantes están en todo furor, se vende y se compra de todo, desde ropa y calzado, hasta juguetería, herramientas, comidas rápidas y cuanta chuchería se puede uno imaginar, bolsos, sombrillas, carteras, linternas, relojes, música pirata, memorias USB, gafas, venenos para matar cucarachas y las infaltables bolas de alcanfor o la “Tiza China”. Hay de todo y para todos los gustos y presupuestos, gritan en los andenes, es un mercado persa, agitado, acelerado, duro, difícil, en ocasiones hasta inhumano, pero del cual miles de personas pueden subsistir.

Las busetas del servicio intermunicipal, también se convirtieron de la noche a la mañana en fortín para las ventas informales, por allí deambula un enjambre de menores en la venta de galletas y chocolates, sumado a los vendedores de pomadas milagrosas, que curan lo que los médicos no han podido, y otra serie de inventos alternativos, según ellos para aliviar el dolor humano y cuanto achaque nos persiga. “Somos como el yoyo, se baja uno y se sube el otro” dicen en su rayado discurso.
Corre el día, y corren los vendedores empujando sus carretas, exhibiendo sus mercancías al aire libre y con sus gargantas cansadas intentan convencer a los esquivos compradores, pues es tanta la competencia que ya se ven más vendedores que compradores.

Las ventas ambulantes o callejeras como les dicen también, no son exclusivas de Colombia o de Urabá, son patrimonio del mundo, se ven en los bulevares de Europa, en parques y calles de España o Italia y hasta en la encumbrada París y son tan antiguas como la presencia del hombre en la tierra, ya recuerdan a Jesús sacando airado y a latigazos a los mercaderes del templo, hasta donde habían llegado con el rebusque.
El tema de la economía informal se ha convertido en un problema social sobre todo en las grandes ciudades, incluso ha motivado varias sentencias de la Corte Constitucional amparando los derechos de estos trabajadores, quienes libran otra batalla no menos dura con la ocupación del espacio público.
Así transcurre el devenir de estos rebuscadores de la vida, para unos son una plaga, un problema, un estorbo, pero para ellos no es más que la forma de ganarse la vida honradamente.
Este  otro rebuscador de  la vida, hace riesgosas maniobras
 con varios machetes, que cortan la respiración del público

Tampoco han escapado a la politiquería, en la viña del Señor hay de todo, dicen por ahí, hay politiqueros que los utilizan para fines electorales y quienes los persiguen justamente por no haberlos apoyado con sus votos. Allí también hay un valioso botín por época electoral.

“En Apartadó hace días que la policía no nos persigue, estamos trabajando tranquilos, uno siempre está alerta por que no se sabe hasta cuando seguiremos así” dijo Ariel Álvarez, vendedor callejero de CD, piratas.

Entre tanto, así va el mundo por el centro de Apartadó, a veces una temperatura que no da tregua, a veces un aguacero que no permite ni siquiera sacar las mercancías, un grito incesante, un galimatías que lo envuelve todo una confusión, un desorden total, que de tanto vivirlo ya se hace costumbre, ya hace parte del paisaje local.

El sol se ha ocultado, pero la alta temperatura persiste, el hombre de los machetes ha empacado maleta rumbo a Turbo, donde piensa trabajar una temporada y donde según él, le va muy bien haciendo de “dragón humano”, el andariego que sostenía la bicicleta en su frente está en reposo.

“Mi nombre no importa, ya me marcho, hace 14 años que emprendí el viaje sin regreso, soy del Águila, un pueblo del norte del Valle, crecí en el departamento de Sucre y voy buscando la costa, que siempre es una buena plaza para trabajar, soy artista, no solamente hago equilibrio con la bicicleta, también lo hago con escaleras y mesas” dijo, mientras empacaba su tarro de agua, una camisa y un pantalón, pasa salir con rumbo a ninguna parte.
Pero el espacio dejado por estos dos andariegos, rápidamente  fue copado por una pareja  que  hacía  todo tipo de piruetas con el fuego.

Más se demoraron el hombre de la bicicleta y el de
los machetes  en salir, que una pareja  de acróbatas  
con fuego en llegar a los semáforos  de Apartadó
Vendedores ignoraban lo  
que se les vienía encima
En Colombia prácticamente la mitad de los
 trabajadores están en la informalidad 

Pero estos vendedores no sabían a aún, o no tenían conciencia de la magnitud del problema que se les venía encima con la puesta en marcha del Código de Policía, el cual facultaba a los patrulleros para multarlos e incluso en caso de reincidencia destruir sus mercancías
El código que tiene una veintena de demandas en la Corte Constitucional y otras veinte rechazadas, dice en su artículo 140 del Capítulo II:
“Comportamientos contrarios al cuidado e integridad del espacio público:
04-Ocupar el espacio público en violación de las normas vigentes.
05-Ensuciar, dañar o hacer uso indebido o abusivo de los bienes fiscales o de uso público o contrariar el reglamento o manuales pertinentes.
06-Promover o facilitar el uso u ocupación del espacio público en violación de las normas y jurisprudencia constitucional vigente”.
Buscando la comba al palo. Un parasol
 para paliar las altas temperaturas
Para penalizar las anteriores contravenciones el código estima lo siguiente:

Párrafo 2º. Quien incurra en uno o más de los comportamientos antes señalados será objeto de la aplicación de la siguiente medida:

Numeral 4: multa general tipo 1. (4 salarios mínimos, aproximadamente 98.360 peso).
Numeral 5: multa general tipo 3. (16 salarios mínimos, aproximadamente 393.440 pesos).
Numeral 6: multa general tipo 4 (32 salarios mínimos, aproximadamente 786.880 pesos); Remoción de bienes.” 

Sin embargo, dentro de una de las demandas admitidas por la Corte Constitucional, elevada por el representante del Partido Verde de la capital de la república, Inti Asprilla, califica estas medidas como desproporcionadas, algunos magistrados buscaron tirarle un salvavidas a estos comerciantes y anexar un parágrafo al polémico artículo 140, el cual garantizaría el debido proceso, la reubicación de los vendedores y otros paliativos que ya la misma Corte le ha venido brindando al sector informal a través de varias de sus sentencias.

En la oferta hay de todo y para todos
Los defensores de la modificación o su declaración de inexequible del artículo 140 del mencionado código, alegan que se está violando la Constitución, el derecho al trabajo digno y a un mínimo vital, al que tienen derecho estos trabadores.

En la polémica  terciaron también, la Procuraduría General de la Nación y el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, al tiempo que varios dirigentes políticos desde el Congreso, como Alirio Uribe del Polo Democrático, se sumaron a la defensa de los informales.
Finalmente la Corte Constitucional le acaba de lanzar un salvavidas a los vendedores, ajustando la norma la cual así.

“Previo a un operativo se debe haber implementado una política pública de reubicación que dé garantías de derecho al trabajo, al mínimo vital y a la subsistencia en condiciones de dignidad. También establecieron que debe haber un respeto por la confianza legítima, esto es, que si el vendedor haya ocupado el espacio público con la anuencia de la autoridad y sin protesta de la comunidad no puede ser expulsado de un momento a otro”

 Fluye el mercado persa